Léo Lauzon es un niño
desgraciado, rodeado de personas ignorantes, extravagantes, insuficientes y sin
apenas aspiraciones. La realidad de Léo se compone de estímulos y tareas
relacionadas con lo pobre, lo tosco y la fealdad. Un entorno costumbrista y
desencantado, que nada tiene que ver con lo que pueda entender Léolo.
Léolo nace de la
reinterpretación de la realidad de ese niño. Una visión propia, llena de
curiosidad y posibilidades. Un nuevo punto de partida en su vida que cuestione
hasta su propia descendencia, en busca de una identidad propia que decida el
mismo niño. Léolo rompe las barreras y las normas impuestas por las
limitaciones de la familia a la que forma parte. Encuentra estímulos y
motivaciones en la gente que le rodea, en lo que nadie parece preguntarse, en
las desgracias que le suceden, y hasta en el borde de la muerte.
Léolo es producto de la
ficción de Léo, de esa reinterpretación. Una vía de escape esperanzadora y
poética. Léo es un niño que necesita leer y escribir para que nazca Léolo, para
estimular su mirada. Y además, Léolo es una cualidad del niño para agarrarse a
la cordura y alejarse de la locura en la que vive inmersa su familia.
De esta manera, el
mundo que ofrece Léolo encuentra poesía, musicalidad, pasiones y belleza en un
mundo de fealdad y suciedad. Una ensoñación impulsada por deseos. Siempre
sujetándose a ese delirio como base de su salud mental, cobrando su imaginación
una voz adulta, segura y convincente. Una madurez que se adquiere a través del
conocimiento y el entendimiento de la realidad tal y como lo concibe Léolo,
lejos de lo gris e insano que pueda resultar ser Léo.
Conforme pasa el
tiempo, Léolo sufre una grave crisis entre lo que hace y le sucede, y cómo
deberían salir las cosas. Se desencanta con la realidad, se separa de sus
aspiraciones más fuertes. No parece encontrar solución ni arreglo a aquello a
lo que le conduce la vida y que le está desviando de sus deseos. Es entonces
cuando se produce la catarsis de Léo/Léolo. El entorno epidémico de Léo acaba
con su vida, desatando de nuevo la ensoñación y la huida de Léolo hacia la
eternidad, a sus ansiados orígenes, su codiciado destino. Como si al morir Léo
se produjese una derrota de la realidad y se abriese el verdadero camino hacia
las motivaciones de Léolo. Se entiende la muerte como una deuda, una
consecuencia de la vida del niño, un camino que recorrer para encontrar lo que
el soñador desea.





